Por qué caímos: la psicología del demonio

¿Por qué estamos acá? El Gītā responde con una palabra — dveṣa. No es simple odio: es el deseo de sentarse en la silla de Dios.

¿Por qué estamos acá, en realidad?

No «por qué pasan cosas malas», no «qué hago con mi vida» — la pregunta que está debajo de esas. ¿Por qué un alma eterna, hecha de la misma sustancia que la alegría de Dios, está sentada en un cuerpo que envejece, en un mundo donde todo termina? ¿Cómo caímos?

Es la pregunta más básica que hay, y creo que vale la pena volver a ella una y otra vez. El Gītā la responde con un verso corto:

icchā-dveṣa-samutthena dvandva-mohena bhārata |
sarva-bhūtāni sammohaṁ sarge yānti parantapa ||

«Oh, Bhārata, todos los seres vivos, desde el nacimiento, caen en la ilusión, confundidos por la dualidad que nace del deseo y el odio». — Bhagavad-gītā 7.27

El deseo — icchā. Y el odio — dveṣa. Dos fuerzas presentes «desde el nacimiento», desde el principio mismo. Hoy quiero mirar de cerca la segunda, porque esconde mucho más de lo que sugiere la palabra «odio».

Lo que escucho en la palabra

Empiezo por algo personal. Cuando escucho la palabra dveṣa, escucho adentro īśa — «el Señor, el que gobierna». Y hace tiempo que sospecho que no es casualidad: que dveṣa, en su raíz, es el deseo de volverse Īśa.

Acá tengo que ser honesto. Por gramática, son dos raíces distintas: dveṣa viene de √dviṣ, «ser hostil», e īśa viene de √īś, «gobernar». Hasta se escriben con letras distintas. Así que no voy a decir que las palabras tienen el mismo origen.

Pero sí puedo comprobar si el sentido se sostiene. Y se sostiene — el Gītā traza exactamente esta línea, en un solo capítulo, con pocos versos de distancia. Veamos.

El monólogo del demonio

En el capítulo dieciséis Kṛṣṇa hace algo poco común. Nos deja escuchar, palabra por palabra, cómo habla consigo misma una mente demoníaca. Es la voz interior de la caída:

idam adya mayā labdham imaṁ prāpsye manoratham |
idam astīdam api me bhaviṣyati punar dhanam ||
asau mayā hataḥ śatrur haniṣye cāparān api |
īśvaro 'ham ahaṁ bhogī siddho 'haṁ balavān sukhī ||

«Esto lo conseguí hoy; aquel deseo lo voy a cumplir mañana. Esto es mío, y más riqueza va a ser mía. A aquel enemigo lo maté, y voy a matar también a los otros. Yo soy el Señor (īśvara). Yo soy el que disfruta. Soy perfecto, poderoso y feliz». — Bhagavad-gītā 16.13–14

Īśvaro 'ham — «yo soy el Señor». Ahí está, dicho en voz alta.

Y cuatro versos después, Kṛṣṇa nombra el resultado:

ahaṅkāraṁ balaṁ darpaṁ kāmaṁ krodhaṁ ca saṁśritāḥ |
mām ātma-para-deheṣu pradviṣanto 'bhyasūyakāḥ ||

«Apoyados en el falso ego, la fuerza, el orgullo, la lujuria y la ira, Me odian a Mí, que vivo en sus propios cuerpos y en los cuerpos de los demás». — Bhagavad-gītā 16.18

Pradviṣantaḥ — «odiando». La misma raíz que dveṣa. Así que la cadena no es invento mío. Primero: «Yo soy Īśvara». Después: odio al verdadero Īśvara. Es lógica simple. Si me senté en la silla de otro, el verdadero dueño de esa silla se vuelve mi rival. No Lo puedo amar — Su sola existencia demuestra que soy un impostor. Por eso dveṣa no es solo «enojo con alguien». En su raíz, es la hostilidad del que quiere ser Dios hacia el Dios que ya es.

Fíjense también dónde empieza el demonio. Antes de decir «yo soy el Señor», saca del medio al verdadero:

asatyam apratiṣṭhaṁ te jagad āhur anīśvaram |

«Dicen que el mundo es irreal, sin fundamento, sin Señor (anīśvaram)…» — Bhagavad-gītā 16.8

Primero declara que la silla está vacía. Después se sienta en ella.

«Yo soy el que disfruta» — ¿dónde está el error?

Acá hay que tener cuidado, porque este verso es fácil de leer mal. El demonio dice ahaṁ bhogī — «yo soy el que disfruta». Y uno podría concluir: entonces el pecado es querer disfrutar.

No. Esta serie lo dijo muchas veces: el alma está hecha para disfrutar. Somos los que disfrutan — secundarios, junto al Disfrutador principal. No hay nada malo en las palabras «yo disfruto».

El error está en lo que el demonio quiere decir. Quiere decir: yo disfruto por mi cuenta. No «Kṛṣṇa produce la dicha, y yo la recibo». Sino «yo consigo mis propias fuentes de placer, y para esto no necesito a Kṛṣṇa». Ahí está toda la caída en una frase. No el deseo de ser feliz — el deseo de ser feliz por mi cuenta, como la fuente, como el dueño. Un espejo que decidió que es una lámpara.

Tres palabras: dveṣa, asūyā, matsara

Muchas veces se confunden estas palabras, pero las escrituras no las confunden. Cada una nombra un paso distinto. Vamos a recorrerlas despacio, una por una, porque juntas son un mapa de cómo un alma le da la espalda a Dios.

Dveṣa — empujar lejos

Empecemos por el sentido más simple. Dveṣa es aversión: «no quiero esto, que me lo saquen de encima». Es la gemela del deseo. El deseo tira de las cosas hacia mí; dveṣa las empuja lejos. Kṛṣṇa dice que las dos están sentadas en la puerta de cada sentido:

indriyasyendriyasyārthe rāgadveṣau vyavasthitau |
tayor na vaśam āgacchet tau hy asya paripanthinau ||

«En cada sentido y su objeto hay atracción y aversión (rāga y dveṣa). No caigas bajo su poder — son los ladrones de tu camino». — Bhagavad-gītā 3.34

Así que, en la superficie, dveṣa es algo común. Un sabor amargo, una voz dura, una persona que me molesta — y algo en mí dice «no». Todo ser con cuerpo vive con esto.

Pero ¿por qué está ahí ese empujar? Miren lo que da por sentado. Algo es «malo» porque es malo para mí — para mi comodidad, mis planes, la imagen que tengo de mí mismo. La aversión siempre tiene un centro, y el centro siempre es «yo». Cada pequeño «no» es un pequeño acto de gobierno: yo decido qué puede existir cerca de mí.

Por eso la misma palabra sube hasta el nivel más profundo que vimos antes. Cuando el «yo» que decide se vuelve lo bastante grande, al final se encuentra con Alguien a quien no puede gobernar — y Lo empuja lejos a Él. Esa es dveṣa en su forma completa: mām… pradviṣantaḥ, «Me odian a Mí» (16.18). De «sáquenme este sabor» a «sáquenme a Dios» — es una sola línea.

Ahora miren el contraste. Así describe Kṛṣṇa Su propio corazón:

samo 'haṁ sarva-bhūteṣu na me dveṣyo 'sti na priyaḥ |
ye bhajanti tu māṁ bhaktyā mayi te teṣu cāpy aham ||

«Soy igual con todos los seres. No hay nadie a quien odie, ni nadie a quien prefiera. Pero los que Me sirven con amor — ellos están en Mí, y Yo estoy en ellos». — Bhagavad-gītā 9.29

Dios no tiene dveṣa. El que de verdad es el Dueño no tiene nada que defender, así que no empuja a nadie. Solo el que finge ser dueño necesita empujar. Y por eso la primera señal de un devoto, en la lista del mismo Kṛṣṇa, es justamente el fin de este empujar:

adveṣṭā sarva-bhūtānāṁ maitraḥ karuṇa eva ca |
nirmamo nirahaṅkāraḥ sama-duḥkha-sukhaḥ kṣamī ||

«Sin odio hacia ningún ser, amigable y bondadoso, libre del «mío» y del falso «yo»…» — Bhagavad-gītā 12.13

Fíjense qué está justo al lado de adveṣṭā — nirmamaḥ, «libre del mío», y nirahaṅkāraḥ, «libre del falso yo». El mismo verso nos dice de dónde viene el odio. Si se quitan el falso «yo» y el «mío», no queda nada con qué empujar.

Asūyā — no soporto que él esté más alto

La segunda palabra es más estrecha. Asūyā no es aversión a cualquier cosa; es aversión a la grandeza de otro. Rūpa Gosvāmī da la definición exacta, y fíjense que la define a través de dveṣa:

dveṣaḥ parodaye 'sūyānya-saubhāgya-guṇādibhiḥ |
tatrerṣyānādarākṣepā doṣāropo guṇeṣv api ||

«Asūyā es dveṣa hacia el ascenso de otro — por su buena fortuna, sus buenas cualidades y demás. Sus señales son los celos, la falta de respeto, los insultos y el buscarle defectos incluso a sus virtudes». — Bhakti-rasāmṛta-sindhu 2.4.164

Así que asūyā es dveṣa con una dirección: apunta hacia arriba, a quien está más alto que yo. Y su señal más filosa es la última de la lista. El envidioso no solo detesta una buena cualidad del otro — la vuelve a contar como un vicio. La generosidad se vuelve «hacerse ver». La honestidad se vuelve «soberbia». El éxito se vuelve «suerte» o «trampa». Así protege asūyā al falso «yo»: si no puedo subir a tu nivel, voy a bajar tu nivel con palabras.

Ahora miren qué pasa cuando asūyā se vuelve hacia Kṛṣṇa. Hace exactamente lo mismo — les busca defectos a Sus virtudes y a Su enseñanza:

ye tv etad abhyasūyanto nānutiṣṭhanti me matam |
sarvajñānavimūḍhāṁs tān viddhi naṣṭān acetasaḥ ||

«Pero los que, por envidia, le buscan defectos a esta enseñanza Mía y no la siguen — has de saber que están perdidos, confundidos en todo conocimiento, sin sentido». — Bhagavad-gītā 3.32

Abhyasūyantaḥ — «buscando defectos por envidia». Esta es la forma cotidiana de asūyā hacia Dios. «¿Por qué Kṛṣṇa tendría que ser el Supremo? ¿Por qué me tengo que entregar? Qué conveniente para Él». El argumento suena intelectual, pero su raíz es simplemente esta: no soporto que Él esté más alto.

Y ahora podemos entender bien el famoso momento con Arjuna. Yo siempre lo recordé como «no tienes matsara, así que te voy a contar el secreto». Cuando revisé el verso, la palabra que usa Kṛṣṇa en realidad es anasūyave — «a ti, que no tienes asūyā»:

idaṁ tu te guhyatamaṁ pravakṣyāmy anasūyave |
jñānaṁ vijñāna-sahitaṁ yaj jñātvā mokṣyase 'śubhāt ||

«Porque no Me envidias, te voy a contar este conocimiento, el más secreto, junto con su realización. Al conocerlo, vas a quedar libre de toda desgracia». — Bhagavad-gītā 9.1

¿Y cuál es el «conocimiento más secreto» que viene después? El capítulo nueve es donde Kṛṣṇa habla más abiertamente: todo descansa en Mí; Yo soy el padre, la madre, la meta; los necios se burlan de Mí en forma humana. Es justo el conocimiento que un corazón envidioso no puede escuchar. Para ese corazón, «Yo soy la fuente de todo» suena como un insulto. Así que la condición no es un premio por portarse bien — es una condición para poder escuchar. Al final mismo del Gītā, Kṛṣṇa la repite como regla: nunca dar este conocimiento «a quien Me envidia» (yo 'bhyasūyati, 18.67).

Vidura, el consejero más sabio del Mahābhārata, agrega qué destruye asūyā:

jarā rūpaṁ harati hi dhairyam āśā; mṛtyuḥ prāṇān dharmacaryām asūyā ||

«La vejez roba la belleza; la esperanza roba la paciencia; la muerte roba la vida; asūyā roba la rectitud». — Mahābhārata 5.35.41–45

Una persona puede hacer muchas cosas buenas, pero en cuanto entra la envidia, se come en silencio todo su dharma desde adentro. Porque ahora sus buenas obras sirven a una comparación, no a Dios.

Matsara — el bien del otro me quema

La tercera palabra es la que va más hondo. Asūyā detesta al que está más alto. Matsara no soporta el bien del otro en absoluto — esté más alto o no. Es el estado de alguien que se mide solo por otra persona. Si el otro ganó, yo perdí. Si el otro es feliz, a mí me duele. La alegría ajena duele de verdad.

El Mahābhārata muestra este estado en su forma más pura — Duryodhana, mirando la gloria de los Pāṇḍavas:

śriyaṁ tathāvidhāṁ dṛṣṭvā jvalantīm iva pāṇḍave |
amarṣavaśam āpanno dahye 'ham atathocitaḥ ||
vahnim eva pravekṣyāmi bhakṣayiṣyāmi vā viṣam |
apo vāpi pravekṣyāmi na hi śakṣyāmi jīvitum ||

«Al ver semejante esplendor ardiendo en el Pāṇḍava, caí en esta intolerancia y me estoy quemando… Voy a entrar en el fuego, o a tomar veneno, o a ahogarme — no voy a poder vivir». — Mahābhārata 2.43.25–27

(La palabra de este verso es amarṣa, «intolerancia»; el comentario de la biblioteca llama, con razón, a todo este estado mātsarya). Miren hasta dónde llega: la felicidad de otro hombre hace que Duryodhana quiera morir. Prefiere no existir antes que ver brillar a otro. Eso es matsara — y este único sentimiento, crecido en un solo corazón, se volvió la guerra de Kurukṣetra.

¿De dónde viene? La Mahā Upaniṣad responde con un orden preciso:

maunavān nir-ahaṁ-bhāvo nirmāno mukta-matsaraḥ |
yaḥ karoti gatodvegaḥ sa jīvanmukta ucyate ||

«El que está en silencio, sin el sentido de “yo”, sin orgullo, libre de matsara, y actúa sin ansiedad — de él se dice que está liberado en vida». — Mahā Upaniṣad 2.50

La clave está en el orden. Sin falso «yo» — no hay nada que exaltar — no hay con quién compararse — no hay matsara. Matsara crece directamente del falso «yo». Es lo que siente el falso «yo» cada vez que mira a otra persona: un rival.

¿Y qué es lo opuesto a matsara? No el esfuerzo — la satisfacción:

yadṛcchālābhasantuṣṭo dvandvātīto vimatsaraḥ |
samaḥ siddhāv asiddhau ca kṛtvāpi na nibadhyate ||

«Satisfecho con lo que llega por sí solo, más allá de las dualidades, libre de matsara, estable en el éxito y en el fracaso — una persona así, aunque actúe, no queda atada». — Bhagavad-gītā 4.22

Miren la pareja: santuṣṭaḥ y vimatsaraḥ — satisfecho y libre de envidia. Van juntas porque son una sola cosa vista desde dos lados. El que sabe que todo lo que tiene es un regalo (como vimos, todo le pertenece al Dueño) no tiene por qué contar lo que recibieron los demás.

Por eso el Bhāgavatam pone esta palabra en su misma puerta. Su dharma es para nirmatsarāṇāṁ satām — «para los puros, que están libres de matsara» (Śrīmad-Bhāgavatam 1.1.2). No para los eruditos, no para los estrictos — para los que no tienen envidia. Es la entrada.

Un detalle sorprendente, y encaja con todo lo que dice esta serie. Jīva Gosvāmī señala que incluso en el mundo del mismo Kṛṣṇa existe algo parecido a matsara — la rivalidad juguetona de las gopīs por Él, o los celos de Satyabhāmā hacia Rukmiṇī (Ṣaṭ-sandarbha 6.287). Ahí no es veneno. Es parte de la dulzura, porque su centro es el placer de Kṛṣṇa, no el falso «yo». Así que el problema nunca fue el sentimiento en sí. El problema es el centro alrededor del cual gira.

Una sola familia

Ahora podemos poner las tres palabras una al lado de la otra, simplemente:

  • Dveṣa — «sáquenmelo de encima». Empujar lejos todo lo que amenaza mi gobierno. En lo más hondo: empujar lejos a Dios.
  • Asūyā — «no soporto que él esté más alto». Dveṣa que apunta hacia arriba, a alguien más grande, y convierte sus virtudes en defectos.
  • Matsara — «el bien del otro me quema». Medirme por los demás, de modo que toda alegría que no es mía es mi pérdida.

Las tres crecen de una sola raíz — el falso «yo» que se sentó en la silla del Dueño. Y las escrituras coinciden en una regla: la verdad más profunda simplemente no se le da a un corazón envidioso. No como castigo. Un corazón envidioso no la puede recibir. La cura no es pelear con cada sentimiento por separado. La cura es levantarse de la silla — y entonces las tres pierden su suelo a la vez.

La espiral hacia abajo

¿Qué le pasa al que sigue sentado en la silla robada? Kṛṣṇa responde directo:

tān ahaṁ dviṣataḥ krūrān saṁsāreṣu narādhamān |
kṣipāmy ajasram aśubhān āsurīṣv eva yoniṣu ||

«A estos llenos de odio (dviṣataḥ), crueles, los arrojo una y otra vez al océano de la existencia material, a vientres demoníacos». — Bhagavad-gītā 16.19

āsurīṁ yonim āpannā mūḍhā janmani janmani |
mām aprāpyaiva kaunteya tato yānty adhamāṁ gatim ||

«Naciendo vida tras vida en formas demoníacas, sin llegar nunca a Mí, se hunden todavía más». — Bhagavad-gītā 16.20

Miren las palabras mām aprāpya — «sin llegar a Mí». Ahí está toda la tragedia. El que quiso ser Dios consigue todo menos a Dios. Y como Dios es la única fuente de dicha verdadera, al que Lo empujó lejos le queda cada vez menos de ella. Esta es la psicología del pecado en estado puro: empujo lejos la Fuente, y después sufro de sed y le echo la culpa al mundo.

Dos caminos

El Gītā plantea la elección de forma muy simple: en este mundo hay dos clases de seres, los divinos y los demoníacos (16.6). Y dos direcciones:

ūrdhvaṁ gacchanti sattva-sthā madhye tiṣṭhanti rājasāḥ |
jaghanya-guṇa-vṛtti-sthā adho gacchanti tāmasāḥ ||

«Los que están en la bondad van hacia arriba; los que están en la pasión se quedan en el medio; los que están en la modalidad más baja van hacia abajo». — Bhagavad-gītā 14.18

Una vez me encontré con la idea de que, para entender de verdad la verdad, hay que ver los dos caminos — cómo se cae y cómo se sube. La Īśopaniṣad dice exactamente esto:

vidyāṁ cāvidyāṁ ca yas tad vedobhayaṁ saha |
avidyayā mṛtyuṁ tīrtvā vidyayāmṛtam aśnute ||

«El que conoce las dos juntas — el conocimiento y la ignorancia — cruza la muerte y saborea la inmortalidad». — Īśopaniṣad 11

Esto importa, porque la gente habla todo el tiempo de «crecimiento» y de «degradación», pero casi siempre de forma muy vaga. ¿Crecimiento de qué? ¿Degradación de qué?

Acá está la respuesta precisa. La degradación es ir más hondo en la mentira — en «yo soy Īśvara, disfruto por mi cuenta, todo es mío». El crecimiento es ir más hondo en la verdad. Y la verdad es corta:

apareyam itas tv anyāṁ prakṛtiṁ viddhi me parām |
jīva-bhūtāṁ mahā-bāho yayedaṁ dhāryate jagat ||

«Esta es Mi energía inferior. Pero has de saber que más allá de ella hay otra — Mi energía superior, los seres vivos». — Bhagavad-gītā 7.5

mamaivāṁśo jīva-loke jīva-bhūtaḥ sanātanaḥ |

«El ser vivo en este mundo es Mi parte eterna». — Bhagavad-gītā 15.7

Yo soy la parte eterna de Kṛṣṇa. Soy Su prakṛti, Su energía superior. Esa es mi naturaleza, y nunca me la puedo sacar de encima — me ponga el disfraz que me ponga. Siempre voy a seguir siendo lo que soy.

Así que la elección real es solo esta: ¿voy a aceptar con honestidad mi naturaleza y dejar de intentar vivir como otro? ¿O voy a seguir jugando a ser Īśvara, intentando quedarme con lo que vino de Kṛṣṇa y que por eso Le pertenece con justicia? Puedo seguir agarrando — o puedo parar, hundirme en la verdad y construir sobre ella mi vida, mi psicología y toda mi forma de ver el mundo.

La verdad que el demonio no soporta

Y la verdad del centro es esta:

ahaṁ sarvasya prabhavo mattaḥ sarvaṁ pravartate |
iti matvā bhajante māṁ budhā bhāva-samanvitāḥ ||

«Yo soy la fuente de todo; todo viene de Mí. Sabiendo esto, los sabios Me adoran con todo el corazón». — Bhagavad-gītā 10.8

Kṛṣṇa es el Parabrahman en forma humana. Es la fuente de la que todo fluye — y por eso todo Le pertenece, y no hay nadie por encima de Él, y Él gobierna sobre todo. Y justamente porque se ve como un ser humano, muchos simplemente se ríen:

avajānanti māṁ mūḍhā mānuṣīṁ tanum āśritam |
paraṁ bhāvam ajānanto mama bhūta-maheśvaram ||

«Los necios se burlan de Mí cuando aparezco en forma humana, sin conocer Mi naturaleza superior como el Señor Supremo de todos los seres». — Bhagavad-gītā 9.11

Ahora podemos ver por qué se ríen. Para el que está sentado en la silla de Īśvara, una Persona que de verdad es Īśvara resulta insoportable. Es más fácil burlarse de Él que levantarse.

Y ese es todo el camino de vuelta: levantarse de la silla. No dejar de disfrutar — dejar de hacerse pasar por la fuente. En el momento en que digo, con honestidad, «yo no soy el Señor; soy Suyo», la guerra dentro de mí termina. Ya no queda nadie a quien envidiar. Y la dicha que intentaba producir por mi cuenta empieza a llegar sola — desde Aquel de quien siempre vino.


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